La frustración sexual del viajero casado

Viajar es divertido y nos permite descubrir muchas culturas, detalles, personas… Esto todos lo sabemos. Pero el viajero profesional también las pasa “canutas” en sus aventuras. Nos referimos a aquellos periodistas de viajes que están casados y no pueden aprovechar al máximo todos los “placeres” del viaje. No estamos de broma. Un reportero del New York Times lo cuenta en su blog: cuando viaja es un frustrado sexual, porque se puede pasar dos meses fuera del hogar y en ese tiempo tiene las suficientes oportunidades de mantener sexo con desconocidas (en incluso con amigas) como cualquiera de nosotros cuando viajamos. Él, por lo menos, es fiel a su mujer. O eso dice. Lo podéis leer en su artículo, que no tiene desperdicio, y poner una nota de color al día. Por cierto, está en inglés y lo encontramos a través de Gadling.

Tenemos la inspección que nos merecemos

Debemos coincidir con nuestros colegas del diario El Mundo en que la revisión de sólo el 0,13% de los vuelos de Spanair operados entre enero y junio de este año es preocupante. Porque parece improbable encontrar ninguna anormalidad en las aeronaves de una compañía que realiza más de 300 vuelos diarios con ese ratio de inspecciones. También es preocupante el hecho de que ante una situación de crisis en la misma línea aérea no se ejerciese una mayor presión inspectora, no para sorprender a la aerolínea en un renuncio, sino para garantizar la seguridad de los pasajeros.

Pero, a pesar de que todo ello nos preocupa, también llaman nuestra atención las palabras de Jose María Íscar, portavoz de Sepla, que ayer reconocía a Europa Press que “hay poca inspección y de poca calidad”. Si esto es verdad, y a la luz de los datos así lo parece, la pregunta que nos hacemos es: ¿desde cuándo se sabía? Y si estos hechos se conocen hace tiempo, ¿por qué no se han denunciado antes y se ha presionado a las autoridades para que se mejore? Sobre todo después del incidente de Air Madrid.

El Sepla es un sindicato poderoso que hace temblar a las aerolíneas cuando anuncia una huelga, pero no ha movido un solo dedo para denunciar estas situaciones con anterioridad. ¿Por qué no una huelga en defensa de la seguridad de los pasajeros? Nosotros somos la herramienta última gracias a la que los pilotos cobran. Sin pasajeros no existirían aerolíneas comerciales. Pero no, ha tenido que ocurrir el terrible siniestro de Barajas para que algunas voces denuncien claramente que la inspección no funciona. Entonces, ¿de qué nos quejamos? Que se tomen ya las medidas para solucionarlo. Y es que tenemos la inspección que nos merecemos.

Un poco más de seriedad, 153 muertes la reclaman

Un accidente aéreo siempre es una tragedia de grandes dimensiones, ya que en pocos segundos se pierden cientos de vidas. Ahora, lo más importante tras el siniestro del vuelo JK5022 de Spanair, es preocuparse por los familiares de los 153 fallecidos y atenderlos como es debido, dándoles todas las facilidades y ayudas necesarias. No es fácil pasar estos momentos y nadie que no haya estado en la misma situación puede saber el dolor que están sufiendo todas estas familias. Desde revista80dias.es queremos ser partícipes del pésame general.

A falta de la correspondiente investigación de las autoridades de Aviación Civil y del Juzgado encargado del caso, que se ocuparán de aclarar las causas del accidente, nos parece sensacionalista la actitud de algunos medios de relacionar la crisis interna que vive Spanair con el accidente. Spanair es una firma con 20 años de profesionalidad a sus espaldas, controlada por el grupo sueco SAS, uno de los mayores de Europa. Aquellos que se empeñan en sugerir que el accidente ha podido ser causado porque la aerolínea no cumple los controles por su delicado estado financiero es que no sabe de qué habla. Para que un avión vuele en nuestro país debe pasar unos rigurosos controles de seguridad y mantenimiento, con los que obtiene el OK para el despegue. A ello se suma el celo de los comandantes, que, a la mínima alarma, devuelven el avión a los hangares para su revisión y cambio, si es necesario.

La excusa de que el MD-80 siniestrado era muy antiguo, de los años 90, tampoco nos sirve. ¿Pero qué nos pasa? ¿Los que volamos pensamos que lo hacemos en aparatos de última generación? Un avión tiene un ciclo de vida muy largo, de hasta 20 años, y esto es así porque casi anualmente se le somete a una revisión completa, desmontándolo, revisando sus piezas, cambiando por otras nuevas las inservibles y volviéndolo a montar de cero. Además, periódicamente se somete a los aparatos a rigurosas inspecciones de su estado (sin desmontarlos) y antes de cada vuelo se vuelve a realizar una revisión más somera. El fallo, indudablemente, puede ocurrir, nadie está exento. Pero no será por falta de garantías.

Todos hemos volado, y lo seguiremos haciendo, sin problemas en modelos antiguos, de los años noventa. Las aerolíneas que no han surgido en los últimos cinco años cuentan con modelos que tienen casi 10 años (o más). Sin ir muy lejos, Iberia dispone de siete aviones MD-88 (de la misma gama que el siniestrado) para sus vuelos de corto y medio radio. Otro dato: en EEUU es un avión muy usado para los vuelos internos.

Por favor, dejemos de ser tan amarillistas y de querer buscar explicaciones en hechos que no están relacionados con el accidente. Las responsabilidades tendrán que determinarlas Aviación Civil y el Juzgado competente. Los medios podemos y debemos investigar, pero con rigor y seriedad, sin aventurarnos a hipótesis peregrinas. Y una última petición: a volar. Y si tiene que ser con Spanair: con toda seguridad.

Los portátiles no tienen presunción de inocencia en EEUU

La paranoia de las autoridades estadounidenses no tiene límite. El pasado viernes el diario The Whasington Post (también Vía Gatling) publicaba un artículo en el que explicaba que en virtud de una nueva normativa, las autoridades de inmigración de los aeropuertos norteamericanos pueden requisar cualquier aparato electrónico susceptible de almacenar contenidos. Es decir, que los “amables” señores que nos encontramos en las aduanas estadounidenses pueden requisarnos nuestro portátil, teléfono móvil, pendrive, tarjeta de memoria… para investigar cuál es su contenido, hacer copias del mismo, estudiarlo e incluso compartirlo con otras autoridades federales. Por si somos delincuentes o terroristas.

Si esto fuera poca intromisión, para que nos requisen el aparato no es necesario que estemos en una situación sospechosa. Lo pueden hacer a su libre arbitrio. Y, además, no lo tienen porqué devolver en el acto. Otra muesca más en la lista de derechos pisoteados por parte de las autoridades norteamericanas en pro de una supuesta seguridad.

Lo más impresionante del tema es que nadie ha protestado por estos abusos. Excepto, claro está, las muy activas asociaciones de derechos civiles estadounidenses y algunos grupos de viajeros, que al final lograron que estas políticas se publicasen, ya que llevaban activas desde el 16 e julio. Y es que a algunos se les puso “la mosca detrás de la oreja” cuando en diferentes sitios se denunció que los agentes de inmigración requisaban portátiles, móviles, etcétera.

Es una política interna de los Estados Unidos, pero que pisotea los derechos más fundamentales a la intimidad, el honor y a la no discriminación, ya que muchas requisas se realizarán por cuestiones étnicas… Como mínimo, la Unión Europea debería elevar una queja formal a las autoridades norteamericanas, aunque sirva de poco. En cualquier caso: avisados estamos.

Un verano más… tirados en Barajas

Otra vez en verano la vergüenza de las aerolíneas. O, más concretamente, la desvergüenza de algunas que no dudan en dejar tirado a un pasaje entero durante dos días en el aeropuerto de Madrid-Barajas. Nos referimos a la compañía Air Comet, propiedad del grupo Marsans, que últimamente también ha sido noticia por la venta de Aerolíneas Argentinas. Es impresionante ver cómo con argumentos tan enclenques como los tan manidos “fallos mecánicos” se puede cancelar el vuelo de unas personas y despreocuparse por ellas. Air Comet y sus responsables no tienen perdón, lo decimos bien alto y claro. Lo que la aerolínea debía haber hecho es coger a todos los pasajeros y ofrecerles otro vuelo a su destino en el menor plazo de tiempo posible. Pero, en vez de eso, han optado por dejar a los viajeros a su suerte en el Aeropuerto de Barajas, reaccionar tarde ofreciéndoles un hotel y esperar a que llegase un vuelo de Air Comet desde Buenos Aires para operar el que tuvo que ser suspendido. De vergüenza y, encima, lo realiza una aerolínea española.

Suele ser en verano cuando más afloran estos problemas y cuando se demuestra que vivimos en una república bananera. Por mucho que se esfuerce el Ministerio de Fomento en renovar su web para informar a los viajeros (noticia), ¿de qué le sirve a un pasajero que se queda en bragas ante esta situación? El afectado sólo tiene el recurso de la reclamación, que no suele llegar a ningún sitio. Eso y poner una gran sonrisa a la espera de que le trasladen en otro vuelo.

La actuación de la administración española en estos casos es nula. El permiso para operar vuelos en territorio español es un tema potestativo del Estado, quien da una autorización a las aerolíneas para que lo exploten comercialmente. Para llegar a esto, la firma en cuestión debe pasar una serie de controles y cumplir un conjunto de requisitos. La Dirección General de Aviación Civil se encarga de controlar estas cuestiones. ¿Se le realizará una investigación a Air Comet? Deberían: no es el primer incidente de este tipo y además se han alegado problemas mecánicos en el aparato para no despegar. Pero lo más seguro es que Aviación Civil no haga nada…

Con ello se contribuye a dar pie al fantasma de la permisividad que ya apreció con el caso Air Madrid, cuando se supo que la compañía estuvo volando mucho tiempo sin haber pasado todos los controles de seguridad. Y es que, hilando, a uno no le extraña que sucedan estas cosas cuando se entera de que en muchas aerolíneas algunos de sus ejecutivos han desempeñado cargos en la Dirección General de Aviación Civil, donde han dejado muchos amigos. Eso sí, al cliente que le zurzan, por no emplear una palabra más rotunda.