Trampas para resucitar a Alitalia

No debería extrañarnos que Berlusconi se disponga a cambiar la ley para salvar a Alitalia. Ya lo ha hecho en otras ocasiones y nadie ha podido pararle. Es el uso de la democracia con fines instrumentales. Que en Italia no se puedan parar los desmanes del Cavaliere ya es preocupante, pero que no se le paren los pies en Europa es inaceptable. La Comisión Europea debe vigilar de cerca, y anular si es necesario, el proceso que ha iniciado Berlusconi para sacar a Alitalia del agujero negro en el que se encuentra y, además, “fusionarla” con Air One. Se propone cambiar la ley de quiebras y preceptos de la ley antimonopolio, no con unos fines de justicia universal (propósito fundamental de las leyes en democracia), sino para una situación concreta.

Con ello afectará a la competencia dentro del propio mercado italiano, ya que esta medida se hará en detrimento de otras aerolíneas que trabajan en Italia y deben hacer frente a los vaivenes del precio del petróleo, las subidas (o bajadas de tarifas) y un sin fin más de variables. Y nadie las ayuda. Por otro lado, las firmas aéreas europeas también verán limitada su libertad de competencia. ¿Cómo se puede competir con una empresa que ha recibido subvenciones del Estado y para la que ahora se modifica la ley por su supervivencia? Lo único que se consigue con ello es crear una situación artificial de mercado.

No defendemos la desaparición de Alitalia, ni mucho menos. Lo que defendemos es que las cosas se hagan bien, dentro de la ley (concepto que Berlusconi no entenderá nunca) y de las reglas del mercado, que pueden ser mejorables, pero que han de cumplir todos sus actores. Y es que, si nosotros fuésemos una aerolínea italiana de la competencia, estaríamos un poco preocupados. Según el diario Il Sole 24 Ore, la compañía resultante tendrá una cuota de mercado del 56%, facturará 5.000 millones de euros y obtendrá beneficios por valor de 250 millones.

Alitalia ante su futuro

Por David Fernández

La historia de Alitalia es la de una compañía deficitaria que no ha conseguido salir de los números rojos más que en dos ejercicios durante sus sesenta años de vida. Esto ha sido producto de dos puntos fundamentales: por un lado, una pésima gestión que le ha abocado a perder a día de hoy casi un millón de euros diarios; por otra parte, el hecho de que el Estado siga manteniendo casi un 50% de las acciones de la firma. Los dos motivos, mezclados, han originado un compuesto venenoso que ha llevado a la firma de bandera italiana a su actual situación con unas pérdidas de 1.280 millones de euros y un futuro incierto a pesar de la oferta de compra en firme por parte de Air France-KLM.

Lo que está claro es que el Estado debe reducir su participación en la firma y dejar hueco a inversores privados. Su mantenimiento dentro del accionariado de la compañía sólo puede responder a la cuestión de salvaguardar el interés público. El problema es que en el país transalpino este interés se identifica con el patriotismo. Es lamentable que el gobierno de Romano Prodi en funciones no negociase la venta con Air France hasta que vio que ningún grupo italiano quería hacerse cargo de semejante mastodonte herido de muerte. Y ahora, por si fuera poco, aparece Silvio Berlusconi, al que todas las encuestas dan ganador en las próximas elecciones, para gritar que no dará luz verde a la compra si alcanza el Gobierno. O mucho nos equivocamos, o la decisión del líder populista puede servir de guillotina para acabar con una empresa que debe ser reflotada y convertirse en verdadera embajadora del estado italiano.

Por otro lado, el conflicto con los sindicatos no es menos grave. Air France quiere hacerse cargo de la aerolínea italiana empleando criterios de rentabilidad económica y para ello ve necesario el recorte de cerca de 1.600 puestos de trabajo. Aquí puede estar el quid de la cuestión: los sindicatos, más que oponerse al despido de estos trabajadores, deben pelear por las condiciones de este despido. La opción de echar a la gente a la calle no es la única y Air France bien podría adoptar un plan de jubilaciones, prejubilaciones e incluso recolocar a algunos de estos empleados en otros destinos del grupo. Pero, lo que deben de tener en cuenta los sindicatos de Alitalia es que un “no” frontal, sin negociación, no sólo acabará con el trabajo de 1.600 personas, sino de las 20.000 que emplea la firma.

Por último, Air One, la compañía italiana del empresario Carlo Toto, que realizó una oferta por la compra de la línea aérea, parece que no ha convencido excesivamente a Romano Prodi. Bien por la baja confianza en poder sacar adelante a la aerolínea o bien porque el plan que proponían se alargaba demasiado en el tiempo para recuperar a Alitalia del abismo. Se quiera o no, la fortaleza económica de Air France es la única que puede hacer de Alitalia lo que nunca ha sido: una compañía posible.